Los libros de mi estantería

Todos tenemos algún libro. Un regalo de cumpleaños quizá, una herencia familiar, alguna compra por motivos académicos… todos tenemos algún que otro libro. Incluso me atrevería a decir, sin mucho miedo a equivocarme, que tenemos más de uno, que esta época de bonanza pasada nos ha ‘permitido’ reunir una cierta cantidad, variable según las personas, de estos objetos. Porque todos tenemos algún libro.

Imagen

De tapa dura o blanda, con hojas incontables o con apenas unas cuantas páginas manuscritas, nuevos, viejos, ilustrados con imágenes… hay libros para todos los gustos. Y por una extraña razón que no alcanzo a comprender, tenemos la costumbre de poner todos los libros juntos en un mismo estante, como hacemos con las películas, los discos… ¿Por qué nunca los entremezclamos unos con otros? Un misterio para mí.

Pero bueno, como decía, tenemos todos los libros juntos siempre, y ahí se produce otro curioso denominador común, siempre hay algún libro al que la gravedad le juega malas pasadas una y otra vez y es incapaz. de mantenerse en la posición que le otorgamos. Suele ser un libro más bien fino, no de los que destacan a primera vista, pero que por otra extraña razón solemos querer poner el ‘último’ de la fila. Podríamos esconderlo entre dos gruesos libros de tapa dura, pasaría inadvertido quizá, pero no se caería una y otra vez.

¿Qué es mejor, esconder nuestros ‘libros’ detrás de otros para que no salten a la vista o dejar que se caigan una y otra vez, por mucho que intentemos dejarlos rectos? No lo sé, lo único que he comprendido es que todos tenemos algún libro, forma parte de nuestra estantería, y esté escondido, recto o tumbado va a seguir estando ahí. Yo prefiero que se caiga una y otra vez, aunque cada vez más me estoy planteando empezar a mezclarlos con mis películas y mis discos, a ver si así salen menos a la luz…

Anuncios

Calado hasta los huesos

Calado hasta los huesos. El sol brilla ahí fuera, no hay nubes que entorpezcan el paso de los radiantes rayos de sol, pero yo ando empapado últimamente. No, no es agua lo que moja cada pedazo de mi piel, lo que avanza por cada nervio de mi cuerpo hasta alcanzar mis entrañas, son emociones, es lo debe ser sentirse vivo.Imagen

 

Emociones, decía. Ilusión, alegría, algo de miedo, expectación, satisfacción… Muchas emociones, de muy distinta clase, que me hacen estar en una nube durante los últimos días, justo los que hace que me dijeron que finalmente lo había logrado, que era el elegido, que tenía trabajo. Sí, trabajo de periodista, un trabajo que te cagas (perdón por la expresión, pero me apetecía).

Resulta alucinante cómo la vida puede cambiarte en un minuto, en unos segundos, los que van desde que tu móvil vibra en tu bolsillo y lo sacas para leer el mensaje que te avisa que la luz aparece al final del túnel. Y mira que el túnel ha sido largo. Y mira que he tratado de mantenerme positivo, de no decaer, de no desistir. Pero era difícil, costaba luchar cuando todo parecía estar a oscuras. Sin embargo la vida tiene estas cosas, en unas décimas de segundo todo puede cambiar radicalmente alrededor tuyo, y eso suele ser maravilloso, aunque en ocasiones pueda provocar situaciones complicadas e incluso dolorosas.

Ahora ya me encuentro inmerso en mi nueva aventura. Una nueva ciudad, nuevos compañeros de trabajo, nuevo hogar con nuevos roommates… Un torbellino de nuevas situaciones aderezadas por todo lo que ya tenía aquí, esperando a ser retomado. La ilusión me ha calado hasta los huesos, me siento vivo, después de un largo letargo, de una larga travesía por el desierto. Es el momento de disfrutar.

Dejo cosas atrás, una vez más, como siempre se hace. Familia, amigos de siempre que nunca dejarán de estar, gente que amas por encima de todo. Mención especial para esa gente que ha aparecido en mi vida a ritmo de swing out y que me han hecho sentir muy muy bien, personas que en muy poquito tiempo han logrado ganarse un lugar dentro de mí y que espero nunca lo abandonen.

Lo único que cambiará para siempre será este lugar, este espacio de reflexión. Vertebrando aforismos hacía tiempo que había dejado de serlo, cada vez tenía menos cosas relevantes que contar, estaba demasiado concentrado en vivir. Ahora estoy convencido que lo retomaré, pero para explicar cómo avanza esta nueva aventura, este nuevo camino que sólo tiene una dirección, hacia delante, hacia la felicidad. Ya era hora de poder decirlo.

Mi consentido

Y que lo sepa todo el mundo. Hay personas que nacen con estrella, personas cuya luz brilla entre las multitudes, cuyo fulgor les hace destacar hasta en las más profundas oscuridades. Tú naciste con estrella amigo mío, lanzaron la moneda y saliste ganador fuera cual fuera la cara de la misma que quedara boca arriba. Power, lo llaman algunos. Grandeza, inteligencia, que más da el adjetivo que usemos.

Imagen

Querías un adjetivo, y nunca es fácil elegir cuando se trata de alguien tan agraciado por múltiples virtudes. Lo bonito de la amistad, de la verdadera, es que la otra persona sabe lo que significa para tí, que no es necesario embelesarle los oídos con halagos el día de su cumpleaños porque ya lo haces cualquier sábado con un ron en mano, o quizá simplemente jugando un ping pong en un fabuloso paraíso.

Quiero decir con eso que no hay nada que pueda escribir que tú no sepas, que no hay adjetivo que pueda encontrar que no haya salido por mi boca ya. Pero sí hay muchas cosas que quiero regalarte. Lo primero de todo mi visita mañana, compartir una semana contigo en Irlanda va a ser Legen… wait for it… 🙂

Imagen

Lo segundo de todo es una canción, una de esas que te gustan a tí, y que esconde en su mensaje ese adjetivo que anhelabas. CONSENTIDO. Ese es el adjetivo que he elegido para tí, mi consentido. Consentido porque sólo alguien con ese power ha podido vencer mis fuertes convicciones y lograr que yo deseara tenerlo cerca a pesar de ser diferente a mí.

Mi consentido porque sólo alguien con una personalidad tan fuerte y arrolladora podía lograr aguantarme tres años y conseguir oír de mi boca la palabra ‘estaba equivocado’ unas mil veces. Consentido porque sólo tú podías hacer ver que la vida no es como yo creo que es, sino como nosotros pensamos que sea. Me has enseñado más en estos últimos meses que la gran mayoría de personas que alguna vez respiraron el mismo oxígeno que yo inhalaba. Pero como te decía antes, no hay nada que tu no sepas.

Te quiero hermano, disfruta de tu cumpleaños, te lo has ganado. Gracias por enseñarme a complicarme la vida.

¿Para qué ser justo si se puede ser feliz?

Tengo que confesarlo, soy un completo ignorante. Ahora, con 27 años recién cumplidos he empezado a darme cuenta de ello, de cuántas cosas que pensaba estructurales en mi mente estaban equivocadas o cuanto menos sesgadas. Y tengo que reconocerlo también, descubrir esto no ha sido un camino de reflexión introspectiva individual, ha sido gracias a las conversaciones y aportaciones de muy diversas personas, a las cuáles les estoy realmente agradecido, lo que me ha permitido darme cuenta de mi erróneo planteamiento.

Imagen

¿De qué me está hablando? Pues de muchas cosas, pero sobre todo de una, la importancia de la justicia. Siempre he sido una persona con un código moral y ético muy estricto, fuerte y marcado. Ceñirme a mis normas morales ha estado siempre por encima de cualquier otra diatriba, me hacía mejor persona (o eso pensaba yo).

Me he pasado mi vida aplicando esa lógica. Me comportaba cómo pensaba que era justo, le decía a la gente lo que consideraba que era justo, juzgaba a la gente por lo que consideraba que era justo. ‘Justicia’, ‘Yo’, dos palabras que lo resumen todo. ¿Realmente existe la justicia? Ese es un debate interesantísimo que he tenido con muchas personas y sobre el que existen muchos prismas distintos. ¿Y quién soy yo para decidir lo que está bien o está mal? ¿En qué momento me otorgué tal sabiduría y tal poder?

La pregunta clave sobre este tema estriba en otro lugar. ¿He hecho más felices a los que me rodeaban ejerciendo tal práctica moral? ¿Me he hecho más feliz a mí mismo? La respuesta a ambas preguntas es no. De lo que me he dado cuenta es sencillamente de eso, que el verdadero quid de la cuestión no es ser justo, es ser feliz y hacer feliz. ¿Debo decirle a alguien lo que pienso porque creo que debo hacerlo incluso si eso va a hacerle sufrir? No, joder, sencillamente no. Y hasta hace muy poco pensaba que sí…

Por eso el enfoque para mí ha cambiado. No se trata de abandonar mis principios, se trata de reformularlos y otorgarles el papel que merecen. Jamás actuaré en contra de ellos, pero ponerlos por encima de los demás o de mi propia felicidad es una maquiavélica forma de egoísmo. 

Por tanto, a partir de ahora el centro del dilema pasa a ser la felicidad, porque he entendido que la vida es un maldito regalo y pasamos por ella de puntillas, desaprovechando días y desperdiciando oportunidades. Vivir no es sólo respirar, vivir es disfrutar, y en esa palabra cabe todo lo que uno quiera imaginarse, todo lo que uno quiera desear. Para mí ahora sólo existen tres principios que intento seguir a rajatabla, mi ‘triálogo’ de la felicidad:

1.- Si dices que quieres y vas a hacer algo no lo digas, simplemente hazlo.

2.- Si haces algo, disfrútalo, saboréalo. Nos pasamos la vida poniéndonos objetivos y nunca paladeamos lo que hemos logrado.

3.- Haz que cada día cuente. La vida es un regalo que nos ha tocado, por muchas desgracias que nos pasen somos afortunados, así que no lo desperdicies. Cada día intenta pensar qué hace a esas 24 horas especiales, intenta que todos y cada uno de los días valgan la pena. Puede ser una conversación, un momento de reflexión, una canción cantada a voz en grito en la ducha… lo que sea, pero recuérdate a ti mismo que estás vivo.

Y nada más por hoy, simplemente dar las gracias a todas las personas que me han ayudado a llegar hasta este post. A Pablo Arribas, que me hablo de ello mucho tiempo antes de que yo decidiera siquiera escucharle. A mi hermana Nuria, que esconde tanta sabiduría en tan menudo cuerpo que a veces me sorprende. A Jesús, a Carlos, a Olatz,a Dámaris, a la psicóloga de una entrevista de trabajo que hice… a todos y cada uno de los que han hablado conmigo de esto. Sólo se vive una vez, ya está bien de disfrutarlo.

¿Amor? ¿Para qué?

Siempre he afirmado que me consideraba una persona enamorada de la idea del amor. Crecí, y por tanto aprendí de, en un matrimonio de esos que ya apenas se ven dónde mis padres se amaban, respetaban, compartían, se divertían… una perfección casi increíble, empalagosa, un modelo demasiado exigente para usar como baremo en mi día a día.

Imagen

Enamorado de la idea del amor, decía. Mi experiencia y la de mi entorno en el campo de batalla me ha hecho descubrir que la gente ya no busca el amor, la prioridad se ha transferido a otro lugar, las personas hemos decidido que tenemos el derecho y la obligación de buscar y vivir experiencias relevantes plenas en el plano afectivo. Eso quiere decir que el afecto y el amor ya no sirven para medir el estado de nuestras parejas. “Te quiero, pero no estoy enamorado de tí.”

Muchos estudios aseguran que el estado de enamoramiento es, química y sintomatológicamente hablando, un desorden obsesivo-compulsivo. Si no se cataloga como enfermedad es posiblemente porque eso supondría tener que encerrar a la totalidad de la sociedad, pero lo cierto es que es un estado en el que no se puede vivir eternamente.

El enamoramiento es una de las fases más bonitas de una pareja, esa en la que te abres a descubrir y ser descubierto, en la que dejas entrar a la otra persona hasta los rincones más profundos de tu ser y eres capaz de pasarte horas embobado mirando sus facciones. Las reacciones químicas que se producen en el organismo nos hacen sentir cosas maravillosas, pero como todo en la vida eso no es para siempre, y si esa sensación es lo que mide el estado de nuestras parejas, obviamente toda pareja tiene fecha de caducidad.

“Te quiero…pero no estoy enamorado de ti”. ¿Qué se puede responder ante esta afirmación? ¿Dónde queda el amor? Como decía, el amor y el cariño ya no son los motores que vertebran esta sociedad. Ahora la individualidad lo puede todo. El egoismo del YO.

Bajo esta premisa, no es raro encontrar en nuestro camino personas que sin alcanzar siquiera la treintena van empalmando relaciones de una duración variable de entre uno y tres años. Gente que asegura que busca una relación, que busca amor, cuando en realidad no son conscientes que no tienen ni idea de lo que eso significa.

Hablaba con un amigo, muy defensor él de la idea del amor verdadero y para siempre, de que la gente ya no valora esa visión, que se considera anticuada y arcaica. En la generación de nuestros abuelos el matrimonio era el eje de la sociedad, mantenerlo era el objetivo principal. Sí, todos sabemos que la liberación de la mujer produce cambios, que en esos matrimonios se daban cosas que no se deben permitir pero, ¿no hemos oído a montones de abuelos hablar de sus parejas, algunas ya fallecidas, con auténtica devoción a pesar de estar juntos más de 50 años? ¿No es eso amor?

Es muy difícil encontrar personas hoy en día que crean en el amor para toda la vida, la teoría más común es que exista una persona para cada etapa de tu vida. Esa visión se sustenta en la idea de que vamos cambiando con el tiempo, lo que queremos hoy no es lo mismo que desearemos dentro de unos años. Pero la pregunta que hay que hacerse es por qué sólo entendemos el cambio o evolución de manera individual y no como algo común, por qué no puede producirse ese cambio también en pareja. Yo seguiré divagando sobre ello, mientras, una imagen que siempre he considerado que resumía perfectamente este debate.

Imagen

El cambio como medio, el cambio como fin (II)

Scusate il ritardo, que diría el genio Rossi. ¡Feliz año nuevo a todos! Espero que hayáis empezado 2013 con buen pie y ganas de seguir visitando Vertebrando aforismos. Como decía, perdón por el tiempo tardado en escribir la segunda parte del post, pero unas necesarias y renovadoras vacaciones me han tenido atado al sol y las bellas playas de la costa norte alicantina.

Imagen

Pero bueno, vayamos al grano reflexivo, que ha pasado ya mucho tiempo desde que ofrecí mis pinceladas sobre mi visión del cambio en pareja en El cambio como medio, el cambio como fin (I) desde la perspectiva de uno mismo, y ahora toca hablar sobre lo que se le pide al otro, lo que tu pareja puede pedirte o exigirte cambiar.

Siempre he creído en la pareja como espacio de crecimiento individual y colectivo. Uno de mis grandes defectos o, mejor dicho, uno de mis rasgos personales con connotaciones negativas pero también positivas, es ser perfeccionista. Me gusta mejorar, me gusta crecer. Mis grandes evoluciones las he sufrido gracias a la experiencia generada y el apoyo proporcionado por personas de mi entorno, y siempre pensé que en pareja las personas se ayudan a mejorar. Esta teoría no está mal en esencia, pero tiene taras muy grandes que he descubierto a posteriori.

Como decía en otro post, para mí las personas somos piezas de puzzle, encajamos fatal con algunas y bien con otras. Es prácticamente imposible encontrar alguien con quien todo sea perfecto, por lo que para que la relación funcione es necesario pulir y limar partes de nuestra pieza, a fin de encontrar la felicidad para ambos. En ese sentido sí que se produce un cambio, pero hay que diferenciar entre dos tipos de cosas, las cosas rutinarias y las cosas de personalidad.

Por poner un ejemplo, si mi pareja tiene una manía que es tender las parejas de calcetines juntos y no cada uno a su bola y me pide que lo cambie, lo más probable es que lo haga o al menos lo intente, para mí no es algo importante y si a ella le hace feliz no supone ningún gran problema. Ese tipo de detalles que se generan con la convivencia son cosas que, si no se intenta dar la vuelta por completo a la vida del otro, se pueden y deben hablar para así encajar mejor. En el fondo, se trata de generar una rutina común en la que ambos se sientan cómodos.

Sin embargo, existe otro tipo de cosas en las cuáles es mucho más complejo lo que se puede o no se debe pedir a la pareja, son los rasgos de personalidad más profundos de cada uno, dónde reside lo que somos como persona. Todos tenemos defectos, y la solución pasa por la aceptación de esa frase. No podemos cambiar al otro, o quizá mejor, no debemos tratar de cambiarlo.

Cuando conoces a alguien y vas descubriéndole por dentro encuentras cosas que te fascinan y cosas que no tanto. Eso significa que pones en una balanza constante lo que ves y a partir de ahí decides si te vale la pena. Es cierto que hay cosas que son cambiables, pero he descubierto que la pareja es la persona más inadecuada para hacer ver al otro lo que es o lo que debe tratar de cambiar. Es nocivo al 100%.

¿Significa eso que hay que aceptar al otro con los defectos y tirar para adelante? No,significa que las cosas se evalúan, se hablan si es necesario, se plantean los problemas y se les busca solución. Si a mi no me gusta algo de mi pareja lo primero que tengo que preguntarme es: ¿si esa persona fuera así el resto de su vida querría pasar la mía a su lado? En esa respuesta reside la esencia.

Si la respuesta es sí, entonces lo mejor es aceptar a la persona tal como es, aunque eso no significa que no se pueda decir a alguien que te molesta o te hace daño. La comunicación es básica, pero hablar no significa avasallar y tratar de cambiar la personalidad de alguien, aunque sea algo que le haga daño a ella misma.

Eso es así porque, como decía en el otro post sobre el cambio, una persona sólo cambia por ella misma, sólo si es ella la que detecta el problema y cree que es bueno para ella afrontarlo. Hay gente que prefiere huir de los problemas, y a nuestro juicio puede ser cobarde o no, pero no deja de ser decisión suya cómo afrontan la vida.

Por tanto, la clave pasa por aceptarse a uno mismo primero, con nuestras virtudes y nuestros defectos, y entender que la perfección es una quimera y posiblemente un aburrimiento. Ardua tarea la que tengo por delante…

El cambio como medio, el cambio como fin (I)

Tal y como avancé en el último post Teorías de vida (en pareja), voy a hablar sobre uno de los temas más interesantes, densos y complejos sobre los que he tenido la posibilidad de debatir en el ámbito amoroso, EL CAMBIO. Sobre este aspecto también existen muchas y diversas teorías de vida, aunque en general las personas se dividen en dos grandes grupos: los que creen que la gente cambia y los que creen que no.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Este tema, aunque pueda ser irrelevante para muchos, es esencial en la vida en pareja. Si pensamos, como es mi caso, que en el amor somos como dos piezas de puzzle que tenemos que ir viendo si encajamos o no con el otro, la idea del cambio como realidad o no es básica. En general, todos estamos de acuerdo en que en la vida encontramos gente con la que no cuadras, y que por tanto desechas como pareja, y gente con la que sí. Pero hete aquí que, el tiempo ha terminado por romper aquella vieja creencia de que existe nuestra media naranja, al menos en la gran mayoría de personas.

La mayoría de personas aceptan que no somos perfectos, que todos tenemos que ir modulándonos y limando asperezas cuando conoces a alguien para así encajar mejor como piezas. Sería lo que diríamos cambios de forma, superficiales, no de personalidad. Podría decir que no creo haber conocido a alguien que se niegue a aceptar que tiene que moldearse para encajar con su pareja y abogue por el ‘Yo soy así y quien quiera que me quiera’. Sin embargo, el debate surge en torno a los cambios troncales, los que atañen a la personalidad y valores que conforman la persona. Ahí surge el debate. ¿Es posible el cambio?

El post tiene un I porque he decidido separarlo en dos direcciones, el cambio en uno mismo y el cambio que esperamos o deseamos de nuestra pareja. Como es menester en temas de amor, voy a empezar hablando por uno mismo. Aunque mucha gente me recomienda que no hable de mí mismo en este blog, lo cierto es que este tema en especial me importa mucho, lo siento muy adentro, y creo que es difícil hablar de ello sin hablar de mi experiencia personal.

Yo siempre he creído en el cambio, en la mejora personal y continua en busca de la superación. Así me educaron y una de las taras que me dejó fue una constante insatisfacción o frustración ante las situaciones que me superaran. Sin embargo, siempre he pensado que se podía cambiar. Todo. Sólo hacía falta querer. Como pudisteis comprobar en el post de La di/gestión del dolor, creo en la enorme fuerza de voluntad de las personas. Querer es poder.

Por tanto, para mí el cambio es el medio para evolucionar como pareja y ser feliz, moldearte para encajar mejor, pues el paso del tiempo nos cambia a todos. Y no basta con quitarte las muelas del juicio, el apéndice o hasta las gafas mediante operación (un poco de ironía y humor no viene mal ante este tema), los cambios tienen que afectar a problemas troncales, dónde más nos cuesta llegar y mejorar, pues todos tenemos defectos, es así de simple.

En mi experiencia, me he encontrado a mí mismo repitiendo los mismos errores cometidos en el pasado, y eso me ha hecho replantearme la posibilidad de si es realmente factible el cambio. Yo entendía el cambio como convertirme en otra persona, ser totalmente distinto, pero esa no era la definición correcta. Quizá cambio no sea la palabra adecuada, sino más bien evolución. Para cambiar algo tienes que ser consciente de ello, aceptar que eres así, aceptarte como tal, y a partir de ahí trabajar. Tienes que aceptar que no puedes arrancar algo de tí, que está en tu naturaleza y por tanto no vas a poder dejar de ser como eres.

¿Quiere decir eso que tengo que resignarme a ser como soy y buscar solamente alguien que me quiera y me acepte como tal? En mi opinión, no. Creo que una vez que eres consciente de que eres así es cuando puedes empezar a trabajar sobre ello, tratar de modularlo, encontrar formas o caminos de expresión distintos, a modular lo que no te gusta de tí mismo.

Obviamente tienes que encontrar alguien a quien tus características le beneficien y le gusten, pero si tu experiencia te ha mostrado que dejar libre lo que tu consideras tus defectos no te ha beneficiado, lo mejor es aceptarlo y tratar de contenerlo, sacarlo en pequeñas dosis y momentos adecuados, pues lo que en grandes cantidades puede ser un defecto, en pequeñas dosis bien repartidas puede ser un bien de valor incalculable. En mi caso, por lo que me dice la gente que me rodea, es así, por tanto creo que mi camino es cambiar.

Creo en el cambio, ahora lo entiendo más como evolución y modulación, pero jamás dejaré de creer en él, en que las personas mejoran si quieren, en que todos podemos ser lo que queramos, porque creo en el ser humano, en las personas y en el poder de sus sentimientos. Yo soy así y repeleré siempre cualquier teoría que defienda que la gente no cambia, pues siempre esconderá una cobardía por afrontar los propios problemas y defectos. Es mi visión y así la expongo. Me encantará leer la vuestra. En el próximo post profundizaré sobre los cambios que esperamos en el otro, que es un tema que también dará mucho de sí. Mientras, seguiremos vertebrando aforismos.

Teorías de vida (en pareja)

Han pasado ya muchos años desde que Forrest Gump hiciera célebre aquello de ‘la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar’. Aunque es una teoría interesantísima y que sigue estando de actualidad, lo cierto es que a lo largo de estos años me he encontrado con muchas y diversas teorías sobre cómo enfoca cada uno lo que debe ser su vida, pero en pareja.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Gente que prefería estar con alguien inferior en algún sentido a ellos mismos para sentirse más seguro, gente que prefería alguien fuerte para así dejarse caer en la ‘dependencia’, gente que quería alguien con ‘power’ al lado, alguien de quien poder vacilar y pasear orgulloso, gente que pensaba que la gente puede cambiar, gente que opinaba lo contrario y pregonaba que había que aceptar que todos tenemos algún defecto y debes asumirlo y tirar hacía delante, gente que, cómo ya os comenté, consideraba que a la gente no le gustan los problemas

En definitiva, una larga ristra de teorías y opciones, no todas antagónicas, algunas incluso complementarias, pero todas respetables y válidas, pues cada uno es dueño y señor de su camino. Hoy quería profundizar un poco en lo que es para mí la pareja y cuál es la teoría que he construído yo a lo largo de este tiempo. Cómo decía, es mía, personal, y no todo el mundo tiene que estar de acuerdo.

En mi opinión, la pareja es alguien en quien confías, te apoyas, te diviertes, crees que ella y ella cree en tí, es tu aliado, tu confidente, tu amigo, te proyecta. Todos tenemos un ideal de vida, un proyecto de lo que queremos ser y vivir, y eso es algo que tienes que compartir con tu pareja. En definitiva, cuando uno se embarca en una relación es porque ambos confían y se apoyan en el otro, porque tienen un proyecto común para ser individualmente lo que quieren ser a la vez que lo intentan ser como pareja.

Pero no hay teoría sin metáfora. En mi caso, la mía tiene que ver con romper barreras. La vida da muchas vueltas, cambiamos como personas, evolucionamos, nuestros intereses y objetivos cambian, pero siempre estamos en movimiento… La vida está llena de decisiones, la mayoría de ellas no sabemos dónde nos van a llevar, pero siempre tenemos que decidir para seguir nuestro camino.

Siguiendo mi metáfora, cuando tenemos que tomar una decisión nos encontramos ante un muro que debemos derribar para seguir y llegar al siguiente objetivo. Nunca sabemos de qué material estará hecho hasta que no choquemos contra él. A veces se puede adivinar que estará formado de cartón-pluma, pero en ocasiones es imposible distinguirlo y sólo puede uno arriesgarse si desea alcanzar su meta.

Este tipo de muros los derriba uno sólo o en pareja. La familia y los amigos siempre están ahí, nos consuelan cuando nos chocamos y caemos y nos acompañan en el tránsito conforme pasamos muros, pero la decisión de afrontar chocar contra el muro se hace sólo o en pareja. A veces esas decisiones dan miedo, a veces los muros parecen insalvables, y eso suele hacer a uno de los dos rendirse y soltar la mano del otro, porque el miedo al golpe es mayor que la ilusión de lo que habrá detrás.

Hay muros que sólo se pueden superar en soledad, hay muros que sabes que van a doler, pero si uno quiere alcanzar su felicidad debe atravesarlos. Esta es mi teoría de vida, mi visión, no hay caja de bombones, sólo fuerza de voluntad. En la próxima entrada os hablaré de un tema que me encanta, el cambio. Por el momento, me contentaré con saber qué pensáis sobre esto. ¿Cuál es vuestra teoría de vida?

La banda sonora de nuestras rupturas

La música es vida. Sé que no soy ningún tipo raro cuando digo que la música marca y explica cada uno de los momentos que han dado sentido a nuestro camino. Seguro que todos lo pensáis y sentís igual que yo, la música siempre está presente, pues da voz a los sentimientos que acompañan y modelan esos momentos.

Imagen

En mi caso siempre ha sido así, no sólo a nivel amoroso. Cuando era pequeño, no tendría más de nueve o diez años, tuve un episodio que me marcó y aún hoy recuerdo. Iba en el coche, con mis padres y mi hermana, era de noche y en la radio sonó una popular frase acuñada por una emisora: “Sería terrible vivir sin música”. De repente me imaginé que, cuando muriera, nunca más escucharía canciones, y rompí a llorar en el coche, con mis padres preguntándome qué me pasaba.

Cómo decía, la música forma parte de todo, y no hay pareja que no tenga multitud de canciones que vertebran su relación, sus primeros momentos, canciones de los dos. Sin embargo, también los momentos negativos y de ruptura se viven de la misma manera. Hace ya muchos años, cuando andaba todavía en mi primera relación larga, recuerdo que me enganché al disco de Maldita Nerea en cuyo interior residía una canción de desamor, ‘Por el miedo a equivocarnos’. Recuerdo que me aterrorizaba sentir que esas mismas letras eran lo que yo estaba sintiendo por dentro y no me atrevía a afrontar. Recuerdo cómo después, tras la ruptura, volvía a esa canción y la miraba con los ojos de banda sonora de mi ruptura, había orquestado aquellos días, aquel proceso.

La música es vida. Siempre he utilizado como medidor de mi estado de ánimo y vital la música que escucho, y suelo preocuparme cuándo me encuentro a mí mismo sin nuevos descubrimientos musicales, escuchando la misma música sin entusiasmo ni vigor. Es como si no me sintiera vivo.

Hace unos meses descubrí un cantante, Marwan, y me enganché a su disco ‘Las cosas que no pude responder’. Es un disco de desamor, unas letras preciosas con las que conecté en seguida. Ignorante de mí, sin saberlo estaba poniéndole banda sonora a mi ruptura. No era yo quien se sentía identificado con aquellas letras, no eran mis sentimientos los reflejados, pero eso poco importaba, porque una relación es de dos, sin los dos no hay el otro uno.

En aquel momento no lo quise ver, no supe advertir unas señales clarividentes que hoy veo, pero imagino que no hay más ciego que el que no quiere ver. Para el futuro, es una lección que trataré de no olvidar. La música es vida, para lo bueno y para lo malo, porque el dolor también forma parte de nuestro camino. Al menos me queda Marwan, al que será imposible volver sin recordar esos momentos pero cuya música orquestará este tránsito en el que me estáis acompañando. ¿Qué pensáis? ¿Habéis sentido esa misma sensación en alguna ruptura amorosa? ¿Queréis compartirla conmigo? Os dejo una canción de Marwan que creo que os gustará.

El Mourinhismo amoroso

No tengo ninguna intención de hablar de fútbol, no os preocupéis, tan sólo hacer un rápido símil. El título del post hace referencia a una práctica que caracteriza al popular técnico del Real Madrid, lo que he calificado como Mourinhismo. ¿En qué consiste? Sencillo. Se trata de buscar un enemigo central sobre el que lanzar las responsabilidades de tus derrotas, para así pasar por alto el difícil trago de analizar tus vergüenzas. De este modo, que el Madrid no gane un título es culpa de los árbitros, del calendario, del dopaje o de la UEFA, pero nunca es responsabilidad de los errores del entrenador portugués.

IMG_0219

A quien todo esto le suene a chino, puede encontrar múltiples ejemplos. Por citar uno, es una práctica muy habitual en los regímenes totalitarios (y de otro tipo). Así pues, el que en la España franquista no hubiera comida no era culpa de la autarquía y el aislacionismo provocado por el régimen de Franco, sino que era responsabilidad de la francmasonería y los bolcheviques. La culpa de las cosas en los Estados Unidos la tenían siempre los comunistas, en la Cuba de Fidel era el imperialismo capitalista. Y así un largo etcétera.

Pero ese no era el centro del debate de mi post, sólo una introducción para explicar lo que me compete hoy, que es esa práctica en temas amorosos, sobre todo a la hora de afrontar las rupturas, lo que he llamado Mourinhismo amoroso. A lo largo de mi vida me he encontrado con personas con múltiples y muy distintas virtudes, algunas de ellas realmente admirables, pero podría contar con una sola mano la cantidad de personas que me han demostrado ser capaces de hablar sin tapujos ni excusas sobre sus verdaderos defectos y problemas.

Esto no es algo extraño ni reprochable, analizarnos objetivamente a nosotros mismos es harto difícil, y suele ser además muy doloroso. Lo que me ocupa hoy es comentar algo muy habitual en nuestra sociedad a la hora de abandonar a una pareja: echarle toda la culpa. Cuando nos embarcamos en una aventura amorosa sabemos que estamos arriesgando, ponemos nuestra mayor voluntad para tratar de que llegue a buen puerto. Sin embargo, una vez llegados al punto en el que ya no se le ve futuro, me he dado cuenta que la práctica más común para afrontar el mal trago es convencerse a uno mismo de que la realidad de la ruptura es responsabilidad del otro.

Sí, todos sabemos aquello de ‘dos no discuten si uno no quiere’ y esas cosas, y por eso utilizamos frases como ‘ yo también sé que he hecho cosas mal’ y cosas parecidas. Sin embargo, el análisis no pasa de eso, un mero formalismo para aparentar humildad, pues la realidad es que en el interior esa persona tan solo está analizando los errores del otro, porque es más fácil afrontar el dolor de una ruptura de esa forma, nos permite pasar de puntillas por nuestras vergüenzas, nuestros errores, lo que hicimos mal y pudimos haber cambiado. Cambiar. Esa compleja palabra a la que me referiré en otro post.

Como afirman Jorge Bucay y Silvia Salinas en un libro que estoy leyendo, muchos de los problemas de pareja son problemas personales expresados en la relación. Para explicarlo, nada mejor que una cita de Herville Hendrix:

“Si en una fiesta hay cien personas y me propongo elegir una pareja, elegiré a la persona con la que voy a repetir un viejo problema que tengo por resolver.”

Así pues, aunque el camino más fácil para superar una ruptura sea echar la culpa de todo lo ocurrido al otrora llamado ‘amor’ o ‘cariño’, lo cierto es que ese camino suele llevar hacia la repetición constante de nuestros propios problemas. Yo mismo, tras analizarme fríamente después de mi última ruptura, me he encontrado repitiendo punto por punto comportamientos y mecanismos que hicieron fracasar relaciones pasadas.

Ser consciente de ellas todavía no me ha permitido superarlas y cambiarlas, pero al menos prefiero no pasarlas por alto en busca de la más pronta tranquilidad interior, porque cuando uno tiene como objetivo una relación sana y feliz tiene que encontrar qué le está impidiendo alcanzarla. Por tanto, todo esto venía al cuento de criticar esa práctica mourinhista en el amor, porque incluso cuando analizamos los defectos u errores del otro podemos preguntarnos. ¿Cómo afronté yo esas situaciones? ¿Tuve algo de responsabilidad en el resultado final? Aviso para navegantes que quieran adentrarse en estas aguas, duele más, pero se sale más fortalecido a la larga.

Tampoco se trata de hacer sangre con uno mismo, no hay que estancarse en la crítica. La crítica debe dejar paso al dolor, pero hasta que, de corazón, no reconocemos que las cosas son como son, no podemos dejar paso al necesario duelo por la pérdida. El dolor no es una emoción placentera, sin duda, pero hay que perderle el miedo. ¿Qué opináis sobre todo esto?  ¿Alguien que prefiera o considere más acertado elegir el camino mourinhista? ¡Me encantaría leer vuestras opiniones!